18 ene 2009




Tengo que ser justa con este año, en realidad. Le tengo un poco de buena hasta ahora. Me encontró bien, enamorada, esperanzada y hasta un menos pesimista. Un poco tranquila y dandome cuenta de que si quiero, el peso me lo puedo sacar de encima porque el peso, digamos, lo puse yo solita y sin que nadie me dijera. Como si sintiera la obligación de tener un peso sobre los hombros, porque eso me daba la gravedad suficiente, la mirada objetiva para distinguir la tontera de la inteligencia, la responsabilidad de ser una persona con issues suficientes como para ser gente de bien, preocupada de las grandes cosas y de los grandes temas, fiel fan del autoboicot, pero al final solo me hacia ser una tonta grave más bien aburrida.

No sé qué fue ni qué pasó, pero me siento cada día más liviana. Como diría el Puma, tengo derecho a ser feliz.
El verano ha pasado demasiado rápido y no quiero. Quiero que pare ahora mismo y se quede donde está. La vuelta a Santiago fue triste y casi desesperanzadora. Miraba las montañas, las acequias, los viñedos, los frutales que quedaban atrás por sobre mi brazo tostadisimo por el sol y sólo pensaba que lo que me esperaba este año no era nada muy alentador. Pero bueno.

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